En el mes de septiembre del pasado año, se me ocurrió que era la
hora de dejar de ser copiloto y empezar a ser piloto, el sentarme detrás del
volante y desde ese momento hasta hoy ha sido una travesía.
Miraba en la
televisión a diferentes chicas manejando, con plena libertad, seguridad y lo
hacían de forma tan natural que daba envidia, por lo que me dije tengo el auto
el noventa por ciento del tiempo estacionado fuera de casa porque mi marido lo
saca poco y nada y yo no salgo por qué no sé cómo usarlo, me decidí le mencioné
la idea a mi esposo y como todo buen hombre que es, me dijo al unísono:
"yo no seré profesor de manejo prefiero pagarte el curso y que otro te
enseñe", lo cual me pareció bastante acertado de su parte porque soy todo
lo que es un nudo de nervios y no me imagino manejar con la presión de chocar
el auto familiar. Dicho esto me apunté en clases, tuve la suerte de tener un
muy buen profesor, se llamaba Felipe, era sumamente simpático, agradable,
con una paciencia realmente envidiable, el auto era un Chevrolet Spark del
año, en otras palabras una cajita de fósforo, lo cual ayudaba completamente a
calcular espacios y a sentirlo comodísimo, aprendí rápido, salvo uno que otro detalle
pero al tener al profesor con los pedales propios al lado mío, me hizo sentirme
segura del todo porque sabía que en caso de cualquier evento el presionaría el
freno por mi , en fin, así fue como aprobé todo incluso el test escrito con un
100% es que acá en Chile al menos es un chiste el cuestionario buena memoria y
estas al otro lado, bueno el práctico aprobado y todo bien, todo bien hasta que
llego el gran día, el día de tomar mi auto, que es un auto estilo sedán, o sea más
amplio, largo, con artos años más de trote que el auto escuela, y sin los
pedales de ayuda al lado del copiloto, es más sin mi profesor al lado, uff, del
terror. Todo lo “Rápido y furioso” se
desvaneció de mi actitud, sentía todo extraño, todo. Con un susto que casi se
transformó en pánico, saque el auto junto a mi marido por primera vez, el
trataba de mostrarse relajado, mi papá que no subió con nosotros me puso más
nerviosa con su atinado “ten cuidado no vayas a atropellar a nadie que ahí sí
que te metes en el medio enrollo”, ¡Quien puede decirte algo así antes!,
supongo que es su manera de decir “tranquila no más”.
Me sentía un punto adentro del auto, salí, mi marido
increíblemente se empezó a relajar a medida que las cuadras pasaban a uno por
hora y yo empecé a tranquilizarme. Me tomó varias semanas atreverme a sacarlo
sola, todos me decían que era práctica, aún recuerdo que vez que bajaba del
auto el hombro y los antebrazos me dolían terriblemente, hasta que comencé a
comprender que era verdad, la práctica hace al maestro. Con todo el miedo del
mundo lo sacaba igual una y otra vez, para cualquier cosa, me ofrecía a
manejarlo siempre que salíamos, y buscaba y buscaba maneras de practicar y
practicar y sin darme cuenta el dolor de estómago se iba pasando, el dolor de
hombro y brazo también, ya los rollos de mi cabeza que me mostraban todas las
formas en que mi viaje saldría mal desapareció, incluso ya bajaba el vidrio de
mi ventana apretando el botón y cambio la radio, incluso miro a mi alrededor.
Aún se me para el motor a veces, o cosas normales de los recientes
automovilistas si he pasado por varios “guatazos” como “cunetearme”,
estacionarme a dos cuerpos de la vereda, que se pare el motor en reversa, salir
de los peajes sin el cambio adecuado, y etc.
Supongo que estoy lejana a sentirme como Letty (la novia de
Toretto, en rápido y furioso), aun las calles nuevas me asustan, pero lo
enfrento igual y al ver que no es terrible me tranquiliza, así que de todas
maneras recomiendo aprender, es práctico, cómodo y la verdad que si aprendí a
sacarlo a la calle yo que soy la “neura personalizada” todos podemos.











